Autor: Carlos Franz (El País) – 28 Febrero 2005
Una noche, en una terraza de la plaza de la Provincia, frente al Ministerio de Asuntos Exteriores, me reúno con dos inmigrantes ilegales. Ella, Clarisa, es boliviana y muy joven. En su país estudió literatura. Acá quisiera hacer un doctorado, pero antes debe trabajar para reunir el dinero. Así es que por ahora cuida a una “abuelita”. Él, Claudio, es venezolano, de la Mérida de allá, la ciudad remota en las cordilleras tropicales. Acá trabaja en la construcción, sin papeles. Y como el dinero ganado en los andamios no le alcanzaba para remesarles algo a sus cuatro hijos, que permanecen en Venezuela, tuvo la suerte de encontrar a esa anciana que le ofreció alojamiento gratuito a cambio de que la ayude y acompañe un poco. Ambos, Clarisa y Claudio, entonces, tienen esto en común con miles de otros inmigrantes ilegales en España: para sobrevivir en los márgenes de esta sociedad, cuidan a los ancianos solitarios que la misma sociedad ha arrojado a sus márgenes.коли под наем