Nueva York: Refugio para la juventud nipona inquieta

Fuente: Jiro Adachi (El Pais)

Cierra el brazo como si se tratara de un robot y luego lo levanta desde el hombro, provocando una ola en todo su cuerpo. La canción Don’t stop ‘ti! you get enough de Michael Jackson suena estruendosamente en un radiocasete portátil en la estación de metro de Times Square mientras una multitud de curiosos, que sigue el ritmo con la cabeza, la jalea.

La que baila break-dance es una mujer, algo ya de por sí inusual. Y aún más sorprendente es que se trate de una japonesa de 26 años, con rastas, en medio de Float Committee, el grupo de jóvenes varones negros con los que actua. Su solo aumenta de intensidad mientras gira en el suelo de cemento, con las extremidades electrizadas, el torso agitándose como movido por algún viento subterráneo. Al momento, está nuevamente en línea con su grupo, sonriendo, avanzando y retrocediendo mientras el sudor le recorre el rostro.

Para su familia, residente en Nagoya, ella es Kumi Naito. En su vida neoyorquina y en el mundo del break-dance es simplemente Q, y se aparta completamente del estereotipo de inmigrante japonés, o issei, que los neoyorquinos conocían en el pasado: el asalariado de las multinacionales japonesas con una esposa a remolque. Q también tipifica cómo difiere el inmigrante japonés de hoy -joven, con tendencias artísticas, abierto a los riesgos y con el doble de probabilidades de ser mujer- de la mayoría de los inmigrantes de Nueva York, que vienen a aprovechar las oportunidades económicas de la ciudad.

Estos issei de la Gran Manzana son refugiados culturales, atraídos por el clamor creativo de Nueva York, y en busca de libertad de espíritu. Para Q, esta independencia lo es todo. “No me imagino en Japón”, dice. “Allí no podía bailar break”.

En las últimas dos décadas, miles de jóvenes japoneses como Q han llegado a Nueva York en busca de estilos de vida difíciles de forjar en su país natal, donde las costumbres y la moral tradicionales siguen ejerciendo una poderosa influencia. Los datos del censo de 2000 muestran que el 63% de los 16.516 japoneses nacidos en el extranjero que residen en Nueva York son mujeres, y que el 64% tiene entre 20 y 39 años. Ese porcentaje de jóvenes es casi un 23% superior al de chinos o coreanos, los dos mayores grupos de inmigrantes en la ciudad.

Hiroko Kazama, de 42 años, llegado a Nueva York en 1987, opina que los japoneses jóvenes, especialmente aquellos con tendencias artísticas, vienen a Nueva York porque consideran que otras ciudades estadounidenses son demasiado parecidas a Japón. “La sociedad japonesa no entiende el arte”, comenta Kazama, que vive en el centro de Manhattan y trabaja para City Lore, un centro de folklore urbano. “Se acepta el arte tradicional, pero no el innovador. Les resulta difícil aceptar las melenas rojas y púrpuras. Los jóvenes no se sienten cómodos así”.

Q

Los jóvenes japoneses tienen multitud de razones para querer salir. Ya en cuarto curso, muchos son enviados a jukus -academias privadas- para que empiecen a prepararse para los fuertemente competitivos exámenes preuniversitarios. La madre del estudiante le prepara dos comidas, una para el almuerzo y otra para la cena. Cuando terminan en el instituto, a las tres de la tarde, los adolescentes salen para las jukus, donde trabajan hasta las 10 de la noche. A menudo, los años universitarios les proporcionan el único paréntesis en este rígido sistema educativo, porque los alumnos sólo necesitan hacer bien los exámenes finales para aprobar las asignaturas. Pero una vez licenciados vuelven a la rigidez. Se espera que trabajen como asalariados u oficinistas.

Ciertamente, Japón se ha beneficiado de este rigor, y quizá a eso se deba el que, incluso con una población en descenso, el país se encuentre entre los diez primeros en cuanto a producto interior bruto. Pero a los que inician su senda profesional, puede resultarles difícil realizarse como personas. Las mujeres, especialmente, encuentran duros obstáculos para forjarse su propio camino. No sólo soportan más dificultades para avanzar profesionalmente en una sociedad dominada por los hombres, sino que también reciben muchas críticas si no se convierten en esposas y madres jóvenes. “Si tienes más de 25 años y no estás casada”, comenta Jun Takama, de 41 años, que vive en Nueva York desde 1996, “la gente te dice niju-go nichi sugita Kurisumasu keiki“. Traducción: eres un pastel de Navidad, porque nadie te quiere después de los 25.

El área limitada por las calles East Ninth y Stuyvesant y las Segunda y Tercera Avenidas se ha convertido en lo que algunos llaman el Pequeño Tokio, o J-Town, porque es fácil encontrar daifuku, un postre tradicional, y okonomiyaki, un pastel de marisco al estilo de Osaka. En St. Mark’s Place hay nueve restaurantes japoneses.

Pero incluso Nueva York podría no ser suficientemente grande para algunos issei. Muchos aspiran a convertirse en ciudadanos del mundo, con posibilidad de viajar, trabajar y vivir en diversos lugares. Son personas modernas, nacidas en una cultura extremadamente tradicional. Esta paradoja budista es más evidente en el hecho de que, al contrario que sus predecesores, estos jóvenes inmigrantes japoneses no tratan de obtener la nacionalidad estadounidense. Les gusta ser japoneses; simplemente prefieren vivir en Nueva York.

This entry was posted in General. Bookmark the permalink.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>