África es un lugar precioso, mucho más bello, más pacífico, más resistente y, si no próspero, sí más autosuficiente de lo que se suele mostrar. Pero, como parece un continente inacabado, totalmente distinto al resto del mundo, un paisaje en el que una persona puede crearse una personalidad nueva, atrae a los mitómanos, a las personas que desean convencer al mundo de lo que valen. Personas que pueden ser de todo tipo, y que están en todas partes. Cuando, hace poco, veía a Brad Pitt y Angelina Jolie en Sudán, acunando a niños africanos y dando lecciones al mundo sobre caridad, la imagen que me vino inmediatamente a la mente fue la de Tarzán y Jane.
En el caso de Bono, en su papel de señora Jellyby con sombrero vaquero, no sólo él está convencido de que tiene la solución a los males de África, sino que, como grita tanto, otras personas también parecen confiar en sus respuestas. De manera absurda, Bono fue en 2002 a África con el ex secretario del Tesoro estadounidense Paul O’Neil, para recorrer varias capitales. El tema de sus peroratas era el perdón de la deuda. Acababa de comer en la Casa Blanca, donde había hablado sin parar de la plataforma Más Dinero y de que los países africanos son extraordinariamente inútiles.
¿De verdad lo son? Si Bono hubiera examinado más de cerca Malaui, habría visto una encarnación antigua de su propia Irlanda. Ambos países se caracterizaron durante siglos por la hambruna, las disputas religiosas, las luchas intestinas, las familias difíciles de controlar, los jefes de clanes llenos de soberbia, la malnutrición, las cosechas arruinadas, las ortodoxias antiguas, la tediosa sociabilidad, los malos tratos a los niños, los problemas dentales y el mal tiempo. Malaui tenía el mismo sentimiento de agravio que Irlanda, también estaba colonizado por terratenientes británicos ausentes, y también estaba lleno de sacerdotes. Hace sólo unos años, en Irlanda no era posible comprar legalmente condones, ni se podía obtener el divorcio, mientras que (igual que en Malaui) había barriles de cerveza al alcance de cualquiera y la embriaguez era una maldición nacional. Irlanda, esa isla de inactividad, “la cerda que devora a sus crías”, en palabras de Joyce, era el Malaui de Europa, y por muchos motivos idénticos, dado que su principal exportación consistía en los emigrantes, tanto trabajadores como charlatanes.
Produce tristeza pensar que a muchos africanos les resulta más fácil viajar a Nueva York o Londres que al interior de su propio país. Como el tío Manny y la tía Ruth envían una postal con un león desde Nairobi, parece que han estado en todo Kenia. Pero gran parte del norte de Kenia es una zona a la que no se puede ir. No hay avión ni prácticamente carretera que conduzca a la ciudad fronteriza de Moyale, en el límite con Etiopía, donde sólo encontré camellos escuchimizados y bandoleros itinerantes. El oeste de Zambia ni aparece en los mapas, el sur de Malaui es terra incógnita, el norte de Mozambique sigue siendo un mar de minas. En cambio, es muy fácil salir de África. Un estudio reciente del Banco Mundial confirmaba que la emigración de personas cualificadas de países africanos de pequeño y mediano tamaño al Primer Mundo ha sido un auténtico desastre.
África no carece de mano de obra. De lo que carece es de fe en sí misma y, en general, de dirigentes. También aquí Irlanda puede ser un modelo. Después de siglos de apoyarse en otros países, los irlandeses descubrieron que, en vez de pedir limosnas, ellos mismos podían cambiar las cosas. Educación, prácticas de gobierno racionales, gente dispuesta a quedarse y un simple esfuerzo de diligencia han transformado Irlanda de una ruina económica en una nación próspera. En pocas palabras —¿me escucha, señor Hewson?—, los irlandeses han demostrado que quedarse en casa sirve de algo.
—
Paul Theroux es escritor estadounidense, novelista y autor de numerosos libros de viajes; entre ellos, El Safari de la estrella negra: desde El Cairo a la Ciudad del Cabo.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Un artículo muy expresivo e inteligente que muestra con claridad cual es el verdadero problema que sufren los pueblos y las naciones, no ya de África sino del mundo entero. Los enemigos y los errores son siempre los mismos. No se ayuda enviando dinero. He visto que ocurre con el dinero en países como la India, donde si tu das 50 Euros a una ONG, solo llegarán 15 Euros y con suerte. Es un dinero que pasa por demasiadas manos y que se invierte muchas veces en necesidades equivocadas. Estoy de acuerdo en que Africa necesita tener fe en si misma y deshacerse de toda esa lacra de gobernantes corruptos que la “gobiernan”.
Me ha gustado el artículo…
Me alegro que te guste, Alman.
Después de tanto tiempo, tenía que publicar algo con sustancia.
Estoy parcialmente de acuerdo con el artículo. El problema africano es más profundo y más estructural que limitarse a “mejorar las escuelas” que es poco más o menos lo que propugna este Paul Theroux.
De nada sirve que tengas una población o mano de obra cualificada si no tienes un futuro una esperanza de poder vivir. El problema de África es político-económico. Político porque necesitan líderes que realmente quieran cambiar las cosas. Económico porque no necesitan el dinero que les envían (gran parte al menos no) sino porque necesitan desarrollar su economía local desde abajo, creando los cimientos de su industria, servicios, agricultura, etc.
Y cuando todo eso empiece a funcionar los maestros y los médicos y los ingenieros y la gente que tiene que llevar el país al siguiente gran estadio (el desarrollo) no se irán de su país porque tienen oportunidad de desarrollarse ellos y sus descendientes. Pero limitarse a decir que unos cuantos famosos van por ahí pidiendo y que mejor deberían quedarse en casa no me parece lo más adecuado. Aunque poco y no tan bien (según el autor) hacen algo. Y la deuda exterior es una losa muy, muy pesada.